2/5/08

HABITACIONES: POEMA DEL TIEMPO QUE NO PASA

La primera vez que abrí la puerta de las “Habitaciones: poema del tiempo que no pasa” de Louis Aragón fue como cuando un cotilleo te llega tras mil filtros de tiempo y de palabras: mi interpretación de la interpretación de los recuerdos (que no dejan de ser una interpretación) del poeta.
Pero vislumbré de puntillas, con la sensación infantil de estar mirando algo demasiado personal pero sin apartar la mirada, la sinceridad de sus palabras. Quise viajar con él a través de esas habitaciones amuebladas por su mente, cogerle de la mano en ese paso incierto y desesperante de los juicios a destiempo.
Louis Aragon en su obra “Habitaciones...”, descubre el único lugar donde no pasa el tiempo, en la memoria. Es un viaje por el recuerdo de un viaje: el de la vida, en la que “el tiempo fuma a escondidas”[1], como un gángster del cine negro, con el rostro escondido en la sombra, en silencio. Donde el único movimiento es el del humo que le envuelve y que se eleva suavemente hacia otra oscuridad. Él manipula la parte involuntaria de nuestras acciones, él nos muestra lo necesario, lo que no tiene remedio...“esos hierros que martillean/ Mis sienes Es el tiempo que pasa el tiempo/ El tiempo que no soporta ya el no/ Pasar El tiempo en el final de los finales/ Que pasa”[2].
En el poema “El papel cuadriculado”, previo a “Habitaciones”, condensa la acción poética que se repite al escribir éstas. Coge un fragmento de un poema escrito por él mismo y dentro de éste incluye la significación posterior que ese mismo poema le ofrece pasado un tiempo. Éste es sometido a un juicio implacable. La misma valoración a la que someterá sus recuerdos en el poema “Habitaciones”. La despiadada sentencia del tiempo. Los recuerdos son como un viejo papel cuadriculado y amarillento que se encuentra de repente en un cajón y que al leerlo de nuevo produce una mezcla de nostalgia y rechazo... “siete años apenas y ya la lengua del hombre/ es para sí amarga ah qué largo aprendizaje el de callar/ Finalmente”[3].
Se trata de recorrer el camino en dirección contraria y para ello Aragón tiene que pintar las habitaciones de su memoria. Recordar en qué lugar estaba cada silla, cada figurita de cristal, los zapatos de Elsa..., porque recorrer estas habitaciones es también recordar lugares comunes, es también, como casi todas las historias, una historia de amor.
Tras caminar largamente por la memoria sólo aparece ante él la necesidad de un final en el que descansar de las cicatrices que duelen con el frío. Derruir el edificio y que quede escondido entre el polvo y los escombros del olvido.
Aragón, en su larga vida, pasó por dos guerras mundiales y estuvo en contacto con el surrealismo, con el comunismo y muy influido por Eluard y Mayakovski. Pero en este libro poetiza la supervivencia de sí mismo, la pérdida de la fe como la concebía Nietzsche, como el ocaso de los ídolos. Ni dios, ni comunismo, ni capitalismo... En esta etapa el autoestopista deja de creer en el viaje, se baja del coche, se sienta en la cuneta a observar el camino que ha dejado atrás y sólo encuentra desesperanza... “no se escuchan más sollozos por el siglo Así/ no habremos podido espantosamente hacer otra cosa/ Que ver al mártir y el crimen/ había creído sin embargo yo había creído...”[4]. Sus antiguas creencias son ahora como un traje pequeño, que no le sienta bien del todo porque no está hecho a su medida.
En Aragón llegar a sí mismo es sobrevivirse, después sólo queda la tristeza de haber sobrevivido en este mundo... “vivir al fin y al cabo sé qué ha sido/ amor mío (...) vivir después de todo”.
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[1] Habitaciones: Poema del tiempo que no pasa. Ed. Alianza. Pág 21
[2] Habitaciones: poema del tiempo que no pasa.
[3] Ibid. Pág 31.
[4] Ibid. Pág 129

1 comentario:

Marta Plou dijo...

Hola! Muy chulo el post. Si no te importa te añado a mis direcciones. Salu2